domingo 06 de noviembre de 2016

Tras una inédita misa ante mil detenidos, el Papa pidió una mejora de las condiciones carcelarias

Durante el rezo del Ángelus, Francisco llamó a reflexionar sobre una justicia penal no exclusivamente punitiva

Tras celebrar una inédita misa ante mil detenidos, en el marco del Jubileo de la Misericordia de los Reclusos, el Papa lanzó hoy un fuerte llamado a una mejora de las condiciones carcelarias, a reflexionar sobre una justicia penal no exclusivamente punitiva y a "un acto de clemencia".

"En ocasión del Jubileo de los Reclusos, quisiera hacer un llamado a una mejora de las condiciones de vida en las cárceles, para que sea respetada plenamente la dignidad humana de los detenidos", pidió Francisco, al hablar ante miles de fieles congregados en la Plaza de San Pedro desde la ventana de su despacho del Palacio Apostólico, luego de la oración mariana del Ángelus.

El Papa pidió, asimismo, "reflexionar sobre la necesidad de una justicia penal que no sea exclusivamente punitiva, sino abierta a las esperanzas y perspectivas de reinsertar el reo en la sociedad". E invitó especialmente a las autoridades civiles competentes a "cumplir, en este Año Santo de la Misericordia, un acto de clemencia hacia aquellos detenidos que se considerarán idóneos para beneficiarse de esa medida".

Francisco habló así después de haber celebrado ante mil detenidos una emotiva misa marcada por un fuerte mensaje de esperanza. "Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir un nuevo capítulo de la vida. No caigamos en la tentación de pensar que no podemos ser perdonados. Nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perdón", alentó.

En una Basílica de San Pedro convertida en un gran penitenciario, lo escuchaban, en silencio, mil detenidos, algunos identificables con remeras. La mayoría habían llegado de Italia, pero también de otras 11 naciones, desde Letonia a Estados Unidos, desde México a Sudáfrica, incluyendo a un grupo de España que incluía a un argentino. También había menores, detenidos en prisión domiciliaria, condenados en vía definitiva y con penas de por vida. Todos ellos estaban acompañados por familiares, voluntarios, operadores carcelarios, capellanes, agentes de policía penitenciaria, magistrados, personal que trabaja para la reinserción de los reclusos.

"No existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, allí se hace presente con más fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento, perdón, reconciliación, paz", los animó Francisco, que desde sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires visitaba cárceles y que ahora, durante sus viajes por el mundo, sigue haciendo lo mismo. Francisco incluso mantiene correspondencia con reclusos y más de una vez reclamó el fin de la pena de muerte. "La historia pasada, aunque lo quisiéramos, no puede ser escrita de nuevo. Pero la historia que inicia hoy, y que mira al futuro, está todavía sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra responsabilidad personal", alentó Francisco.

"Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la condena, y la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena, porque toca la persona en su núcleo más íntimo. Y todavía así, la esperanza no puede perderse", aseguró asimismo el Papa en su homilía. En ésta, destacó que "una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie". Y recordó que "no existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la oveja descarriada. Por tanto, si Dios espera, entonces la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir adelante".

Francisco denunció, por otro lado, "una cierta hipocresía" que lleva a ver en los detenidos "sólo personas que se han equivocado, para las que el único camino es la cárcel". Saliéndose del texto preparado, recordó que "cada vez que entro a una cárcel me pregunto porque ellos, no yo. Todos tenemos la posibilidad de equivocarnos. Todos". Y subrayó la poca confianza que hay en la rehabilitación de los detenidos.

"Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos prisioneros sin darnos cuenta", dijo. "Cuando se permanece encerrados en los propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando uno se mueve dentro de esquemas ideológicos o absolutiza leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones", clamó.

"Sabemos que ante Dios nadie puede considerarse justo. Pero nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perdón. El ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, lo ha acompañado en el paraíso. Ninguno de vosotros, por tanto, se encierre en el pasado", pidió. Entre los reclusos y familiares presentes en la Basílica, era palpable la emoción.

Al recordar, finalmente, que se veneraba a la Virgen María en una imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jesús con una cadena rota, "las cadenas de la esclavitud y de la prisión", Francisco hizo un pedido final: "que ella dirija a cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro corazón la fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en el servicio del prójimo".

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